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Las llamadas ofertas públicas iniciales (en inglés conocidas como IPO, de Initial Public Offering, en Latinoamérica simplemente como ofertas públicas, OPA) tienen lugar cuando una compañía determina que sus acciones deben ser objeto de transacciones públicas en el mercado de valores. Esta es una forma expedita y bastante generalizada de las empresas para obtener capital con vista a cubrir necesidades y expandir sus operaciones.

Cuando una compañía decide hacer un IPO suele recurrir a una firma aseguradora o suscriptora de la acción (Underwriter). Por lo general el underwriter es una banca de inversión que se hace cargo del IPO con el apoyo de un grupo de firmas similares y de corredores de bolsa, en un proceso estrictamente reglamentado por la Comisión de Valores de Estados Unidos (U.S. Securities and Exchange Commission).

El mecanismo es a grosso modo el siguiente: la firma suscriptora acuerda pagar al emisor de las acciones un precio por una cantidad dada de acciones, que ella debe revender a los compradores interesados en la acción. Cada firma del grupo que opera como coaseguradora acuerda a su vez revender cierto número de acciones. El underwriter cobra una comisión por este servicio.

Se determina una fecha tentativa en la que la acción hará su inauguración en el mercado para ser transada públicamente. Toda la información financiera detallada de la compañía emisora de los títulos se recoge en un documento preparado por ésta con asistencia del underwriter, y se hace público. Es lo que comúnmente se conoce como el Prospectus, donde se anuncia el precio aproximado que tendría la acción.

Los términos y condiciones de la oferta pública son susceptibles de cambio hasta que el emisor y la firma aseguradora o suscriptora no establecen aquellos que definitivamente corresponderán a la oferta final. En conjunto, el emisor, el underwriter principal y el grupo de coaseguradores determinan el precio final de la oferta, que puede ser cercano o no al que se anunció en el Prospectus preliminar.

Puede darse el caso, por ejemplo, de que una acción que en el Prospectus original tenía un precio de oferta pública previsto entre $10 y $12 sea finalmente valorada (priced) por el emisor y las firmas aseguradoras en $14, y que incluso empiece a ser comprada o vendida públicamente en el mercado al precio de $16, en virtud de su fuerte demanda. De ser así, cuando la acción haga su debut en la bolsa, entre las posibilidades cabe que ese precio haya sido sobrestimado, y la acción se desplome por debajo de $16 e incluso por debajo de los $14 (lo que resulta menos frecuente), o que por el contrario se haya subestimado la demanda, con lo que el precio tenderá a subir más allá de los $16.

¿Son los IPO una buena inversión? En verdad no hay una respuesta categórica para esta pregunta. En primer lugar, lo común es que el público, el inversionista común y corriente, no tenga acceso a un IPO al precio que finalmente se fija para su debut en el mercado. No todos los corredores gozan de la influencia necesaria para que se les asigne cierto número de acciones de un IPO para la venta, y los que sí la tienen suelen conceder ese privilegio sólo a sus mejores clientes, por regla general aquellos con grandes cuentas.

Además, una vez que la acción comienza a ser comprada y vendida en el mercado abierto, nadie puede predecir con certeza absoluta cuál será su futuro. De hecho, muchas de esas compañías quiebran, aunque también hay otras que al cabo de poco tiempo han logrado enriquecer a sus accionistas. Lo que sí se puede afirmar sin temor a las exageraciones es que invertir en un IPO es siempre mucho más riesgoso que comprar acciones de una compañía financieramente sólida y de mucho tiempo establecida.

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