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os accionistas individuales desempeñan
un papel esencial en el comportamiento
de cualquier mercado de valores
y, por extensión, del sistema económico
en el que éste se integra. La Bolsa,
en su función de fijación de precios
de transacción y por tanto, de establecimiento
de un valor objetivo para las empresas
que en ella cotizan, no hace sino
sintetizar la opinión y las expectativas
de una multitud de personas físicas.
Personas que se expresan de modo
directo al comprar o vender un valor
o que encargan a terceros que lo
hagan por ellos. Aunque se trata
de un concepto elemental, conviene
subrayarlo porque constituye una
referencia básica para analizar
lo que ocurre en los mercados de
valores.
No
resulta sencillo definir la postura
de los particulares ante la inversión
en acciones, ni mucho menos ante
las empresas concretas que aquellas
acciones representan. A partir de
algunos estudios llevados a cabo
por las Bolsas más importantes pueden
identificarse, al menos, ciertas
barreras de entrada comunes a aquellas
personas que no invierten en acciones.
El
primer motivo parece evidente: "no
invierto en Bolsa porque no tengo
dinero". Pero si se le ofreciese
una cierta cantidad, la mayoría
de los preguntados admite que la
dedicaría a otras cosas. En conexión
con esa actitud, suele expresarse
una segunda razón: si ya es difícil
ahorrar, invertir en Bolsa debe
serlo aún más. El desconocimiento
y la falta de tiempo para familiarizarse
y seguir el mercado bursátil suponen
una segunda barrera de entrada.
La inversión indirecta, a través
de fórmulas colectivas o la gestión
del patrimonio
por terceros son las maneras más
habituales de superar este inconveniente.
Por su parte, el riesgo que conlleva
la inversión en acciones constituye
el tercer obstáculo más extendido.
La percepción del riesgo aumenta
con el conocimiento de las características
de la inversión en Bolsa y la aversión
o preferencia por el riesgo es una
actitud muy variable de unos mercados
a otros. Es decir, el riesgo constituye
una barrera más o menos alta según
la cultura de inversión de cada
país.
Siquiera
como traducción positiva de las
barreras de entrada, podemos presentar
a los inversores individuales como
ahorradores que están interesados
en temas financieros, buscan la
rentabilidad de su dinero y asumen
la posibilidad de perder o ganar
en su inversión. Aunque pueda parecer
una definición simplista a los lectores
iniciados en temas financieros,
en los últimos años diversas entidades
han gastado miles de millones de
pesos en conseguir que los latinos
cambien su actitud y se adapten
a este sencillo perfil. Además de
las campañas de publicidad, se ha
trabajado mucho por las entidades
financieras en el diseño de productos
que se adaptasen a ahorradores con
perfiles incompletos. En particular,
se han lanzado numerosos productos
estructurados que alejan en buena
medida el fantasma del riesgo en
la inversión en Bolsa; naturalmente,
a un cierto costo. Los bonos bolsa
se pusieron de moda hace un par
de años y el "boom" actual
se ha centrado en los fondos garantizados.
Las privatizaciones y salidas a
Bolsa de empresas privadas han incorporado
también con frecuencia mecanismos
para minimizar el riesgo cuando
se han dirigido a potenciales accionistas
individuales.
Pocos
datos comunes más pueden encontrarse
en los estudios realizados por diferentes
mercados. La tipología de los inversores,
su grado de presencia y sus formas
de invertir varía mucho de unos
paÍses a otros. Por ejemplo, en
España, los inversores no residentes
concentran el 37 por ciento de la
propiedad de las acciones cotizadas,
mientras el porcentaje no llega
al diez en Italia o Dinamarca y
supera el 85 en Luxemburgo.
No
cabe duda, sin embargo, de que la
evolución del número de accionistas
ha sido muy positiva en los tres
últimos años en nuestros paises.
El fenómeno privatizador ha constituido
el mayor revulsivo en este sentido,
como puede apreciarse en el número
creciente de inversores individuales
que están acudiendo a las últimas
operaciones.
Hay
que tener en cuenta también que
cada vez que el ciclo bursátil se
muestra claramente alcista, miles
de inversores se acercan al mercado.
El efecto emulación es una de las
razones principales de este fenómeno
y ha sido descrito repetidamente
por muchos autores desde que José
de la Vega lo explicase en "Confusión
de confusiones" hace más de
trescientos años. Sin embargo, al
menos en parte, se trata de un tipo
de inversor en general poco estable,
que acude con la expectativa de
un beneficio rápido, suele tomar
sus decisiones con escasa o errónea
información y asume, a veces sin
saberlo, un riesgo muy elevado.
En definitiva, no es la clase de
accionista que ha formado, en otros
países, una base sólida y estable
de inversión sobre la que financiar
a largo plazo proyectos empresariales.
Contar
con un grupo amplio de accionistas
individuales es un activo valioso
para un mercado y las empresas que
cotizan en él. Pueden transcurrir
muchos años hasta conseguir ganar
su confianza y que se asiente en
ellos una mentalidad inversora a
largo plazo. Tienen que comprobar
por experiencia propia que el rendimiento
de las acciones es superior al de
los demás activos financieros
al cabo de los años y eso toma tiempo.
Hay que contar además con un mercado
financiero mínimamente desarrollado,
en el que existan alternativas de
inversión con las que comparar en
un periodo amplio.
La
mayoría de los inversores desconocen
estos datos, incluidos algunos inversores
institucionales importantes. Sin
embargo, en otros paÍses, específicamente
Gran Bretaña y Estados Unidos, los
análisis de este tipo realizados
ya hace tiempo movieron a los gestores
de fondos de pensiones claramente
hacia la renta variable. En concreto,
el valor del diferencial de rentabilidad
acciones-bonos en Gran Bretaña es
del 5,9% entre 1919 y 1996 y en
Estados Unidos del 5,5% para el
periodo 1926-1990.
Es
esta constatación empírica, a veces
no tan estrictamente cuantificada,
la que cambia la actitud de inversión
del accionista individual. Esperemos
que no sean necesarios demasiados
años más para provocar esa modificación
en el perfil inversor de los latinos.
De hecho, estamos asistiendo a un
cierto proceso de cambio en la percepción
del riesgo de los inversores, apoyado
por el positivo rendimiento obtenido
en el proceso privatizador y por
la necesaria consideración de la
renta variable como alternativa
a la continua reducción de tipos
de interés. En cualquier caso, podríamos
aproximar cuál es el modelo al que
a medio-largo plazo tendemos si
resumimos cómo son hoy los accionistas
americanos, por elegir el paradigma
de mercado de valores desarrollado.
El
20% de los adultos poseen acciones
en Estados Unidos y hasta un tercio
de la población si incluimos tenencia
indirecta (fondos, planes de pensiones...).
La edad media del inversor es de
45 años, aunque el valor medio de
la cartera de los mayores de 45
años es cuatro veces superior que
la de los de menos de 45. Los mayores
de 65 concentran casi un tercio
de los valores.
Algo
menos de la mitad de los accionistas
americanos mantienen cuenta con
un "broker", lo que marca
una diferencia importante en cuanto
a la movilidad o rotación de su
cartera. Aquellos accionistas que
trabajan con un "broker"
actuaron al menos una vez en el
último año en un setenta por ciento
de los casos. Por contra, el porcentaje
se invierte si tomamos el total
de la población inversora, de la
que sólo un 30% actuó al menos una
vez en el último ejercicio.
En
cuanto su actitud hacia el riesgo,
el inversor individual estadounidense
manifiesta una mayor propensión
que el latino. La mitad de los inversores
(51%) están dispuestos a asumir
el riesgo medio del mercado de acciones
y una cuarta parte aceptarían incluso
un riesgo por encima de la media
de mercado.
En
resumen, los inversores individuales
latinos son en comparación menos
numerosos, menos activos, comprenden
peor el sentido de la inversión
a largo plazo en acciones y aceptan
con mayor dificultad el riesgo que
comporta la renta variable. Por
tanto, a pesar de los avances en
los últimos años, la "cultura
de las acciones" tiene todavía
que empapar en buena medida la actitud
del ahorrador nacional hasta llegar
a un nivel comparable al de los
anglosajones. Este proceso estará
emparejado con la sensibilización
hacia las implicaciones que tiene
el accionista individual en la empresa
en la que invierte y, en sentido
opuesto, la mayor atención de las
empresas y sus consejos de administración
hacia sus accionistas.
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