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unque se dedicará un capítulo completo
a la inversión colectiva, dedicaremos
unas líneas a una primera aproximación
a este tema. Si hay un fenómeno
que ha caracterizado la evolución
del inversor latinol en los mercados
financieros durante los años noventa
ha sido sin duda la inversión colectiva.
Pero la bondad técnica del producto
fondos de inversión, mayor exponente
de las fórmulas de inversión colectiva,
no estaba siendo suficiente para
provocar su expansión definitiva.
Todo
ello ha contribuido en buena medida
a una mayor educación de los ahorradores.
En algunos casos ha sido un mero
sustitutivo del depósito tradicional,
pero en muchos otros está obligando
al ahorrador a convertirse en inversor,
es decir, a reflexionar sobre su
plazo óptimo de inversión, exposición
al riesgo, comparación de rentabilidades
y comisiones o a saber interpretar
la copiosa información que encuentra
en los medios de comunicación o
recibe directamente de su gestor.
En la medida en que las redes de
distribución de fondos van aumentando
también su preparación profesional,
se convierten en difusores de cultura
financiera, primer escalón para
alcanzar la cultura de inversión
en acciones a la que hacíamos referencia.
La
tendencia es paralela a la de otros
mercados, aunque es bien sabido
que en los mercados anglosajones
la composición de esa tendencia
es muy acentuada
hacia la renta variable y no sólo
en fondos de inversión sino en fondos
de pensiones.
A
pesar de haberse duplicado la proporción
en menos de un año, el peso de la
renta variable en el patrimonio
gestionado por los fondos apenas
supera todavía el 7% del total.
Muy lejos del 27% que supone en
el contexto europeo y más aún del
40% a nivel mundial.
Las
tendencias previsibles marcan un
claro aumento de los fondos de renta
fija a largo y sobre todo, de los
de renta variable. Si se confirma,
como parece, el proceso de moneda
única europea, quien quiera más
rentabilidad habrá de asumir más
riesgo. Volvemos así a la necesaria
sofisticación del inversor y a su
mayor costumbre de invertir en acciones.
La diversificación de la oferta
de productos y la mayor competencia
entre gestoras no hará sino animar
este proceso.
Otra
consecuencia de este fenómeno está
siendo la acumulación acelerada
de ahorro destinado a los mercados
de valores y en particular, a la
Bolsa.
Los
inversores individuales, han adquirido
más de medio billón en las ofertas
públicas de venta de acciones que
se han realizado en el mismo periodo,
a lo que habría que añadir los más
de ochocientos mil millones que
de la negociación ordinaria han
correspondido a estos inversores.
En total, las familias latinas,
directamente o a través de fondos
han dirigido al mercado casi tres
billones de dolares en la primera
mitad del año en curso, cifra similar
a la que todo el conjunto del mercado
era capaz de mover a lo largo de
un ejercicio en los primeros años
noventa.
Si
a esto añadimos las compras de otros
inversores institucionales latinos
y sobre todo, las de los no residentes,
nos encontramos con un fenómeno
inaudito en nuestro mercado, que
no se corresponde con una oferta
de valores de renta variable suficiente.
De hecho, hemos asistido sistemáticamente
a procesos de sobredemanda espectaculares
en las últimas privatizaciones y
salidas a Bolsa. Sol Meliá resultó
22 veces sobredemandada, Telepizza
46 veces y en Adolfo Domínguez,
la demanda superó en 120 veces a
la oferta.
Las
privatizaciones han sufrido también
estas fuertes demandas, exageradas
a veces por el deseo de obtener
más acciones en el prorrateo que
suele acompañar a estas operaciones,
pero muy significativas del proceso
que se está llevando a cabo en el
mercado.
Estos
hechos ponen de manifiesto una importante
ausencia en estos momentos en el
mercado: la de una mayor oferta
de papel.
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